LA CIUDAD EN MOVIMIENTO

lunes, enero 12, 2004:

*sorry, luego subo la versión con acentos y etc.

APUNTES PARA MIS HIJOS




Pa'l Robert Castillo

I. De lo culturoso, la (nula) importancia de los encuentros literarios y otras cosas



A veces la blogósfera —ese conjunto de bitácoras on line— sirve de termómetro social o, por lo menos, para darle a uno tema para escribir fariboles. En una de esa visitas que hago seguido a ciertos blogs encontr? no hace mucho la siguiente pregunta.
?De qué chingados sirve un encuentro literario, una lectura, una tertulia? (1)

Uno, con vida afortunada, tiene buten tiempo para meterse en camisa de once varas y intentar ofrecer respuestas. Si bien alguna gente descalifica ipso facto a los encuentros por innecesarios y por su escasa repercusión en la vida social de una ciudad (ey, como si fuera tan fácil y efectivo medir eso, no?); otros —los participantes, je je—, se apuntan raudos al otro y al siguiente. El público es pura veleta, a veces presente y a veces, las más, ausente como un priísta reformista antes de la pre campańa. Por su parte, los medios tratan de cubrir las actividades y publicar esas fotos tristes tomadas —que siempre parecen ser las mismas— a la carrera frente a una fuente o en la odiosa mesa de lecturas. Whatever.

Volvamos al punto inicial. Un encuentro sirve para poner en contacto, reunir en un mismo lugar, (re)conocerse entre los iguales, establecer un canal de comunicación, dialogar, discutir, proponer, pasarla bien, aburrirse y un larguísimo etc. Las lecturas sirven para que tanto el escritor como el lector se conozcan e interrelacionen en un plano más real (por si le interesa esto a cualquiera de los dos), para tratar de hacerlo cómplice de otra manera, para buscar clientes potenciales o llevarse (des)afortunadas sorpresas, para matar el tiempo mientras tienen a bien servir el vino barato de ocasión, para sacar el potencial culturoso —ese feeling tan mal comprendido en la city— en ciernes, para descubrir algo nuevo o repasar una serie de argumentos trillados y alguna otra cosa más. Las tertulias sirven para convivir y opinar de lo que otros no quieren que opinemos, para sacar la garra y sentirse libre de decir Pues no, no es as?. Y? Y? Y?, para que rolen las cervezas o se enfríe el café, para prenderse con un argumento o coincidir en otro, para defender o rebatir un argumento de forma (des)apasionada, para no perderse en el marasmo mediático y etc. Al final, las tres son producto de actos humanos que tienen a reafirmar nuestra necesidad de socialización. Y qué tal que si le ponemos un valor de mercado? No, please: ahí jodemos, como siempre, todo.

He estado en varios encuentros literarios, en demasiadas lecturas para acordarme de muchas de ellas y en incontables reuniones de corte literario, he aquí mi versión de los hechos.



II. Trasladando fronteras (o la invención de los esdrújulos).


Ya he escrito en mi blog que tengo la suerte del cohetero en eso de las lecturas con público —you know, si acepto la invitación, mal; si no, peor— y ya estaba metido en otra. Yo y mi bocota que no sabe decir que no. Ahora se trataba de un Festival de la Literatura del Noroeste, en el cual participaría gente de Baja California Sur, Sinaloa y Sonora además de, por supuesto, la gente de la región. Pocos conocidos en el cartel. Ni modo, a preparar un texto para la mesa de narrativa. Fast, very fast.

Siempre se dice que lo mejor de un encuentro literario ocurre o se da fuera de los aspectos oficiales o institucionales. Cuando se rompe lo cuadrado del protocolo, pues. Sí, es un lugar común pero its true, my friends. Más adelante, se enterarán porque afirmo lo anterior. Take it easy & keep reading.

De forma habitual en las mesas de lectura todos —o casi todos, disculpen ya no vuelvo a generalizar— están como muéequitos de rococó (acá, bien tiesos, tratando de no hacer nada extraño y cayendo, eso sí, en lo meramente ornamental), sudorosos tras pensar y pensar en como descontar al contrario (si, el público o los otros participantes, da igual), nerviosos al intentar hilvanar a deshora —live and direct— un deshilachado texto que nunca tuvo ni siquiera una primera revisión. Como si fuera un show, se trata de hacer algo espectacular, espectacular. Se olvida, what a shame, que la intención es compartir, comunicar, poner a discusión lo que uno hace. Lo demás, como siempre se dice, es lo demás. And yeah, no importa.

En la comida de bienvenida, nos vimos casi todos los participantes del Festival por primera vez. Uno ya tiene camino andado y puede, a riesgo de equivocarse, hacer juicios a caballo. Ese tiene cara de poeta, a ese otro de seguro se le da el cuento. Life is a big joke. Algunos se ríen, otros no. Ese es su problema. Las primeras pláticas dan cierto sentido a la primera teoría. A veces, por mero gusto de perder el tiempo, uno trata de adivinar quien es fake, quien va de auténtico y quien en realidad no trata de ser más que lo que es.

Ah, es que la literatura da para que en ella se cobije todo tipo de personas. Poetas de bigotito sospechoso, arrogantes enciclopedias ambulantes —suena mal, pero igualito se ven—, gente naive en búsqueda de la fórmula que los lleve al éxito editorial, iracundos, gente muy divertida, jóvenes confundidos, prófugos de una carrera de esas que llaman «decentes», el idiota del pueblo, falsos eruditos, lameculos profesionales, gente con talento, imitaestilos, iconoclastas, renglones torcidos de Dios, ácratas y un inconfesable etc. Todos unidos, o reunidos mejor dicho, en mesas dispares, a deshoras, sin público más allá del contingente de conversos o amigos cercanos, leyendo textos larguísimos o interesantes, bien construido o sin rigor, audaces, complacientes y etc. Sin pena, con mucha, sin ganas, con la idea que la fiesta está en otra parte.

Yeah, los otros lugares. Esas terceras vías. Los espacios temporales. Las zonas grises. El café de moda impresiona a los visitantes modernos, el bar típico funciona como gancho para atraer a la gente ya curtida en eso que llaman vida, la despedida oficial nos une a todos en pos de la cerveza. Está claro, no es el fútbol pero también hay malas y buenas estrategias, falsas salidas, broncas en las interlíneas, llamadas de atención, jolgorio en las tribunas cuando se dobla al equipo contrario. La literatura también es un juego idiota, solo que lo juegan más de 22 personas.

Uno atiende las diatribas. Uno intercepta los mensajes con destinatario indefinido y bomba incluida. Uno ríe y aprende la primera lección: ser humilde no es un asunto cristiano. Uno escucha, ve y atestigua. Uno calla y sonr?e de nuevo. Sin moderador, todo resulta vacío. Todas las pláticas, todos los argumentos, toda la defensa, todas las bromas, todo el contraataque, todo se vuelve verborrea sin sentido. Nadie entiende nada. Es la fiesta de despedida. La que cuenta. La que pone el dedo en la llaga y expone, cruelmente, bajo un foco de hotel a las víctimas de un triste protagonismo. El «Yo» funciona cuando todo está quieto, en el descontrol ese discurso se viene abajo. La huida en masa para poner a salvo su «singularidad artística» (Hugo Hiriart dixit).

Los que se quedan, bautizan a los que se van. Les llaman esdrújulos y suena bien. La carrilla debería ser un deporte nacional.


3.La city and me (intermedio para ir por café)



Escribía Heriberto Yépez que vivir en la frontera es aprender a ser los otros. Cierto. Pero no en ese afán eurocentrista vacuo que ha estado desde siempre en boga. Una ciudad como Tijuana, trastocando una idea de García Canclini, es imaginada por los discursos de la prensa, la radio y la televisión (o el blog, apuntaría un servidor). Uno aprende tarde o temprano lo que es o no es. Las expectativas son muchas o pocas seg?n sea el caso, pero existen. Están ahí.

Cuando estoy en Tijuana, las personas de fuera exigen que les muestre la Tijuana que relato en mis textos o, peor aún, la que tienen fijada en el inconsciente gracias a los medios. Lo siento, pals. ¿Es que no se han dado cuenta que es una creación personal? ¿qué la literatura, como a muchos otros, me ha ayudado a refundar ese espacio urbano, a celebrarlo, a espectacularizarlo, a nombrar lo que ya perdimos o que perdemos justo en este momento?

Me gusta la city. Eso también lo he dicho cientos de veces. La vivo lo más que puedo. Es una pasi?n que pocos entienden. Da igual. Por eso me da risa cuando escucho hablar de los raves que se llevan a cabo en el edificio histórico Jai Alai que se unen a la tendencia de celebrar espacios o recuperarlos de una forma espectacular tan vacía. Lo mismo pasa con esas galeráas de imágenes de tijuanenses distinguidos que no son más que "un repertorio de lo más exitoso y representativo" de la city (ok, las comillas burlonas son mías). Mi lado culture jammer implora que alguien les agrege algo que las haga por lo menos graciosas. Un código de barras, la cantidad de dinero que generan. Lo que sea. Algo que nos quite la idea de eso que García Canclini llamó opulencia moderna y que se podría definir como un mal intento de ID marketing.

Antes de checar mi equipaje, camino a un Congreso de Contracultura, las vi por segunda vez. Esas fotos en el aeropuerto dan tantos mensajes y claves acerca de la imagen, ideas y proyectos de quienes la patrocinan que da miedo examinarlas a detalle y en conjunto. Es un proyecto ambivalente, comparten y marcan diferencias (los retratados son nuestros, pero no somos «nosotros»), piden pertenencia y practican la exclusión (¿por qué solamente las podemos ver en el aeropuerto y no en la central camionera? A Tijuana, no se equivoquen, se llega por tierra y aire. Se olvidan de cualquier noci?n del espacio público como ejercicio para una interacción comunicativa que beneficie a todos (Canclini dixit again).

Lo que reflejan esos imágenes, como símbolos, es tan insignificante. ¿Qué nos dicen? ¿Qué anuncian? ¿Con qué nos conectan? Mediatizados que somos, pudiera ser que los liguemos más con dentríficos, un nuevo tinte de pelo, pastillas para combatir la disfunción eréctil, clínicas de liposucción y Botox que con nuestra llevada y traída identidad tijuanense. Lo anterior nos hace preguntar si alguien considera que este tipo de galería aumenta en algo el atractivo de la city o genera empleos o propicia debates culturales apreciativos. I don't know, necesito datos duros. Lo triste es que unas fotografías acaban de ser puestas y ya pasaron de moda. Se unen otras nuevas y vuelven menos significantes a las anteriores.


IV. Oye contracultura, bailaré sobre tu tumba


Ya en Lagos de Moreno, todavía pensando un poco en lo que leí en este blog(2) cuando recibía el saludo efusivo del personal al escuchar que era el de Tijuana. Mi tijuanidad es evidente, me proyecta (ojo, esto no quiere decir que sea un regionalista). Es curioso, lo primero que mostraron unos tipos para forjar un lazo de amistad fueron sus tatuajes, yo no tengo ninguno. Sin embargo, no pude más que aceptar cuando me dijeron que, sin quererlo, llevo la city a cuestas, tatuada. No puedo negar de donde soy y comprender que Tijuana me ha dado la oportunidad de inventarme una forma particular de vivir en ella, de verla y narrarla. En fin, no importó lo que hiciera —malo o bueno— siempre fui presentado como Rafa, el de Tijuana (que no es lo mismo que Rafa de Tijuana, btw).

Tijuana nos ha dado super poderes y apenas unos cuantos lo hemos notado. En la primera ronda de mesas de discusión me lanzarón la pregunta de que si consideraba vigente a la contracultura y respondí con un seco It's over que provocó una cara entre angustia y perplejidad de los organizadores. Así, tranquilamente, dinamitamos al mito y seguimos bebiendo de nuestra cerveza. Sin confrontación, desde antes de llegar habíamos ganado por knock out. Ya lo hemos dicho: preferimos ser arrogantes que pendejos.

Regresando a la pregunta inicial. La recuerdan, no? ?De qué chingados sirve un encuentro literario, una lectura, una tertulia? Ya con la distancia que dan los meses transcurridos, olvidada la euforia y el descontrol puedo decir a título personal que sirve más que en un semestre en la universidad. Caso concreto, pues.

Cuando pensaba que pasaba de todo, le entré con ganas y mucho desenfado a todo. Si la literatura es un placer, las cosas que la acompańan son un plus. Las mesas, algunas de ellas aclaro, fueron bastante propositivas, brindaron pauta para la discusión seria y formal sobre el asunto que nos había reunido, para establecer conversaciones rizomáticas que iban y venían (de la sede del evento a las comidad, de los bares a los cuartos de hotel), trayendo nueva y relevante información. Un placer de charlas, pues.

De lo anterior, me que quedo con la confianza en el trabajo en redes, la apuesta por la fiesta, el caos y por propinarle una gran patada en el culo a todos esos que cuestionan lo permisible. La discusión iba por la cara, como debe ser y fue bueno saber que las discrepancias no anulaban la posibilidad de coincidir en otros puntos, en otros típicos, en otras temáticas. Lo contracultural no quita lo asertivo.

Un encuentro como el festival Trasladando Fronteras puso en claro nuestras diferencias y, a pesar de nuestra evidente cercanía, pintamos raya y cerramos filas (aquí, los llanos; allá, bien lejos, los esdrújulos). Un evento como el Congreso Nacional de Contracultura en Lagos de Moreno manifestó que a pesar de vivir en sitios remotos, de estar aparentemente desconectados y perdidos, tenemos muchísimo más en común: la congruencia de lo dicho y escrito con nuestros distintos y diferentes proyectos de vida.



referencias

1. http://cunadeporqueria.blogspot.com/2003_11_16_cunadeporqueria_archive.html#106918932655040205
2. http://aztlan2.blogspot.com/2003_10_01_aztlan2_archive.html#106556126325635056

Textos consultados:

—García Canclini, Néstor. Espectacularización de la cultura. El Angel, periódico Reforma. Antes en http://www.reforma.com/elangel/Articulo/277907/

—Hiriart, Hugo. ¿Qué es el arte? Una definición. Los dientes eran el piano: un estudio sobre el arte e imaginación, Tusquets, 1999.

—Yépez, Heriberto. Poesía en la vía pública de la frontera. Revista Fronteras, otoño del 98.


rafa // lunes, enero 12, 2004


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