LA CIUDAD EN MOVIMIENTO

lunes, enero 21, 2002:

Viajando por los clubes la confusión es un buen inicio. El «You are
here» del flyer te sitúa en tiempo y espacio en la primera escala de un
weekend interminable. Tú, con la t-shirt de Radio Elecrónica¨[sic] y la idea
fija de que una sola realidad es peligrosa, entras para intentar comprobar o
desmentir esas y otras afirmaciones.

Dentro, el malvivir y el porvenir se unen; el seguir o no un juego que obliga
a escapar y vivir días de 24 horas, reúne a un buten de gente ahogada en la
euforia y mascaritas de (in)felicidad; la imagen, como criterio de convergencia,
sólo sirve para que te des cuenta que lo que mueve este y otros asuntos es
una ilusión.

Bailar, diría Tony Manero, no es algo que dura una eternidad, es algo que
vives con intensidad. A golpe de bombo, somos piezas insignificantes
dentro de un metaorganismo que se pierde en cada madrugada en
arrebatos de curiosidad. Salir y conquistar el ocio es propiciar una especie
de destrucción del entorno, el material de derribo que reniega de todo a
ritmo del house uplifting, que se resiste a seguir el punto en el que nos
aseguran hay que estar. La city se nos cae encima, nuestras vidas
despreocupadas yacen bajo los escombros. Shake it, baby.

Bailando on-line
the new style, la nueva ola
the old skool, el regreso a la raíz
olvida los prefijos, invierte los sufijos
do the robor, do the misfist


Frente a una torre de posibilidades sonoras, postrado con disfunción
abrumadora ves como el personal se propone inútilmente recrear días
felices (los deseos, las sonrisas, los momentos compartidos) en un
conjunto de fragmentos insertados en una red de relaciones intertextuales
que devuelve lo que recibe, sólo que un poco más confuso y casi ininteligible.

Entrar al juego. Divertirse al observar con detalle lo que está pasando,
disfrutar el momento de pausa y scratch, esas grandes líneas de bajo
con un gancho percusivo e inmediato. Big, dirty and loud. Sin embargo,
cuando el nivel de repetición de las ideas controla a los disidentes,
mediatizados por la calidad de los altavoces te preguntas: "Where has
the feeling gone?".

Because we can

No hay consignas que se respeten. Despojado del otro, ocurre el fin
de la alienación (cada uno es mucha gente). Si te cuestionas, recuerdas
los jingles como el síntoma de agotamiento o el vivir con otra luz que
evita convertirnos en lo que contemplamos. Situaciones ultra
complacientes, trolos y logofílicos, sedados en la imagen, trabajando
por un confort que nunca es suficiente, comprobando que las
limitaciones marcan -de algún modo- el estilo. Un baile hacia afuera,
algo que miente a veces, viviendo a destiempo esos movimientos y
pláticas que hacen de la noche algo más intangible.

Now & wow times.

Con un espíritu discordiano, te dan ganas de hacer una intervección:
dar un tartazo a quien diga que esto es una escena. Pero, viendo la
situación, piensas en pedir el micrófono al DJ y anunciar:

The dress code is over!
The velvet rope is over!
The hands on the air are over!

Get real, amici.

Play the punka muzik, techno boy.

En la cresta de la indiferencia, mejor decides bailar. Y es
que, en ciertas ocasiones, lo efímero también es lo urgente.

Hey DJ! Aquí estamos, entertain us.

¿Cuál es la clave el éxito? Acaso es el DJ que intenta ofrecer algo de
frescura, la mezcladora profesionar de dos canales con retardo
sincrónico a punta del pastilleo, o la gente en flanger. No lo sabes, no
lo sabemos: estamos perdido en un techno funk metálico de killer
groove.

Mientras tú piensas si beber o no otra cerveza, el DJ toma
muestras y las manipula sobre la marcha, fabricando un ciclo con
cierta duración que no regresará jamás al mismo punto de inicio.
Ni tú, ni nosotros.

Es tan claro, so wicked: One Dj, two Technics and mogollón de
gente under a big fuckin´groove.

Como aquella canción de The Jam, estás aquí sentado -emocionado,
aunque no lo parezca- mirando como la gente enloquece (prescription
drugs, smart drinks, hard stuff, unkown happiness). Todo sigue, nada
se detiene; de nada vale el análisis del conflicto y la futilidad del estado
de bienestar bajo ritmos de gaseosa. A las 3 a.m., lo que conoces se
está cayendo; no hay algo que pueda permanecer por años, algo por
lo que no se pierda la fe, algo tan intenso que no pueda agotarse cuando
suene el último arpegio.

A esta hora, si sólo observas, el mundo parece ir más lento y cualquier
dimensión utópica es perfectamente inútil. Alguien dice: "Esto es mi
escape de la realidad", y eso te aclara la mente. Ahora lo entiendes,
ése es el problema, para ti -los menos- esto es simplemente la
realidad. Y, como cantan Ellos, «no está mal, pero puede mejorar».


-Este texto aparecerá en el No. 1 de la revista Sube baja, editada en la
Tijuana Hardcore. Febrero 2002.

rafa // lunes, enero 21, 2002


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