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LA CIUDAD EN MOVIMIENTO
domingo, julio 28, 2002:
Shin Jin Rui
Mientras voy leyendo este relato el camino que todos recorremos alguna vez en nuestra vida, entre el cinismo generacional y el descontento que marca la ruta de juventud de los suburbios, se abre ante mi. Me detengo justo en la encrucijada y una frase me informa que “La única sangre que aquí hay, es la que bombea mi corazón”. Ese conjunto de palabras se convierten, de manera casi fortuita, en el indicio del (incierto) final del trayecto, de la abrupta interrupción de esas bien llamadas «vacaciones de responsabilidad» con las que nos protege nuestra cultura de infantilización tardía.
Shin Jin Rui es un relato de transición, una serie de polaroids que nos captan en los momentos y en las situaciones que nos afectan y que, de algún modo, podrían llevar como pie de foto un “Hasta hace poco este era yo y así transcurría mi vida”. Es, como se describe en el texto, «esa puta sensación de nuevo», un pesar que no nos abandona, que se recicla cada cierto tiempo en otra cosa pero que, eso es lo que aflige y duele, siempre nos deja con la sensación de estar cada día más solos.
La felicidad, nos han dicho, no es el camino; es un punto muerto en nuestro destino. Así las cosas, el trabajo es simplemente algo que realizamos como medida de subsistencia y no es algo que tenga un valor significativo en realidad; las relaciones sentimentales que disfrutamos –o padecemos, según sea el caso- muy pocas veces logran trascender más allá del sexo y apenas cumplen con las expectativas de llenar un poco el gran vacío que nos consume a rabiosos mordiscos lo que nos queda de alma; el (des)equilibrio emocional que nos lleva a preguntar: “¿Dónde acabará todo esto para empezar algo nuevo?” y saber de antemano que nada cambiará al momento de despertarnos. Seguiremos, a pesar de nuestros pequeños grandes cambios, iguales.
¿Son acaso esos identikit pre-programados de “Ready to wear. All seasons”? O los dejos de rebeldía permitida, el deambular por una ciudad que nos anima con su oferta de fiesta continua, el descontrol al que sometemos a nuestro intelecto y cuerpo, el perderse entre bares y copas, el refugiarse en anfetas y rayas de coca... mientras suena nuestra canción favorita y tratamos de encontrar, por puta casualidad, a esa otra mitad que se ajuste como una Rusell Atletic a nuestra necesidad y conocer, por puta certeza, el infortunio de que nunca nadie ni nada valió la pena.
Las cosas son así, my friend: cualquier compromiso nos aterra, la indecisión es una zona gris que nos permite (mal/sobre)vivir una existencia que interpone y confronta esa individualidad –inútil ilusión- a la cual aspiramos y el doblar de manos que presentimos significará nuestra entrada a eso que los cursi concientes llaman «madurez». Aviso: Hay que aprender a pasarnos por los huevos todos los conceptos que nadie entiende.
Shin Jin Rui no es un ajuste de cuentas, es lo más parecido a una auditoría que se realiza a lo ya vivido, una recapitulación que ayude a entender lo que hoy es para comprender el por qué y el cómo; el cuestionamiento a bocajarro que nos restriegue en lo que nos hemos convertido por esas buenas/malas decisiones, por el tedio, por el aburrimiento, por el ver «como se hunde la última esperanza de echarse para atrás» y, al final, poder aspirar a ser otro, tal vez mejor o tal vez no. Lo que sea, una vez echadas las cartas, no importa.
Vamos, leete esto y ponle «play» al cd de los Beastie Boys porque, contra todos los pronósticos, seguimos en el juego, no?
*texto intro a la edición del relato Shin Jin Rui de mi amigo Carlos from Madrid, España. Julio 2002
rafa //
domingo, julio 28, 2002
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